Los botines hablaban por sí solos. No hacían falta palabras. Estaban ahí, arriba de la mesa de la cocina, al lado del mate lavado y la radio encendida. Negros, gastados, con los cordones deshilachados y el cuero ya sin brillo. Vos los mirabas como si fueran una reliquia. Porque lo eran. No eran solo botines:…